Amiga introvertida

Historias de oficina

Poner a dos chicas juntas en una oficina puede resultar desastroso… desastrosamente grandioso. En especial si la primera chica estaba acostumbrada a trabajar sola. Una compañía le puede caer de anillo al dedo.

Antes de sumarme a la oficina de Pao en el departamento de Diseño (que conmigo vino a ser Diseño y Redacción; la cual ahora con Lucho es Diseño, Redacción y Alabanza-DRM) la había visto trabajar en diferentes eventos de la iglesia. Aunque siempre fue su trabajo, cuando la miraba haciendo los colgantes para el techo, o los moldes de los adornos, sabía que lo hacia para Dios. Recuerdo haber subido una foto a Facebook y decirle “Me hace un calorsito en el corazón cuando te veo trabajar por Él” y así era. Cuando entré a la oficina no tenía idea de lo que podía pasar, ni hasta donde podía llegar nuestra amistad. Realmente ella lo hizo muy fácil. Recuerdo haberme sentido nerviosa en la oficina, menos con ella, de alguna forma me ayudaba.

Pero la relación fue creciendo. A solas en el cubículo empezamos a hablar de las historias que no conocíamos de la otra. Las historias que no habíamos hablado nunca en las salidas, ni en las pijamadas de shots de gelatina (good memories), o los viajecitos a Gualaceo, ni entre la cena de padres e hijas. Esas historias del corazón que son tan nuestras. Creo que ella comenzó y yo le seguí. Sucedió paulatinamente hasta que nos encontramos llorando y consolándonos mutuamente. A veces era sobre alguien, el típico se van del Ecuador y nos… o la familia que estaba lejos… Así nos fuimos conociendo y viendo más allá de lo que siempre habíamos visto de la otra. Yo le decía mis pensamientos radicales cristianos y ella me sorprendía con su “me estoy levantando todas las madrugadas a orar”. Había una Pao que no conocía, una Pao apasionada por Dios, que le buscaba, que lo tenía primero en su corazón. Oh si, que había mucho más y estaba feliz de ir descubriéndolo. Hasta aquí hemos hecho muchos boletines dominicales juntas, hemos sufrido muchas fechas limites, frustraciones, felicitaciones y habladas, pedidas de disculpas y diseños, llamadas, juntas, cafecitos, lunchs, frutas, cortes de internet, estrés, lunes, notas, polvos y ruidos juntas. Y siento que todavía estamos en una fase inicial.

Su vida, se ha vuelto especial para mi. A pesar de verla todos los días es una de las personas por las que oro constantemente. Sé cómo esta en su día a día y en su semana y los problemas que la hacen llorar. Todo ha sido magnificado por un lente de amistad que me hace sensible a su vida. Y nos empezamos a cuidar mutuamente. Muchas veces a sido tan reconfortante escuchar sus afirmaciones de amiga unos poquitos años mayor a ti en cuanto a lo que me pasa y decirme “es normal”, o “puede ser peor”. Orar a veces en medio de las cuatro maderas ha sido uno de los momentos más presentes con Dios que he tenido. Ahora nuestras vidas nos preocupan mutuamente. Es más o menos como que un amor de hermanas está creciendo entre nosotras, aunque tengamos amigas más íntimas o de más años, hay algo especial aquí.

Pao ahora es una amiga que se preocupa por mi corazón y lo cuida. Me conoce y deja de hacer cosas que podrían llegar a lastimarme aunque sean solo bromas entre las dos. Cuando me dijo que ya no usaría una broma que se convirtió en su favorita últimamente (y aparentemente no me afectaba) me conmovió saber que lo hacía para que mi corazón no se lastimará a la larga. No creo que le he dicho lo muy agradecida que estoy por prever por mi y mi corazón en especial. Se que puedo contar con ella, que en el fondo es buena como yo con pintas de maldad “porque nadie lo puede evitar”. Creo que a veces Dios la usa porque está ahí, cerca de mi (y lo mismo pasa con Vivi) pero creo que no sería lo mismo si no fueran ellas. Han sido fuente de bendición, de ayuda, de fe, de reafirmación, de ánimo, de prevención, de oración y de risa. Solo porque están ahí, porque Dios las puso ahí.

Por mucho tiempo temía que los lazos de amistad con las personas sean rompibles, en cierto modo lo son, pero cuando son de Dios, no se rompen nunca, no importa la distancia ni los años, es un amor y una amistad que no cambia. Mis mayores ejemplos son Viviana, amistad que sobrevivió una mudanza de ciudad de 3 años y múltiples y diversas temporadas separadas por sus viajes de soltera. La siguiente fue María José, que a pesar de tener diferencias muy grandes en nuestras personalidades y gustos y riñas diarias, nuestra amistad llegó hasta el fondo de nuestras almas con lo feo y bonito. Aunque ya no vivamos cerca, siento que nunca cambiará la cercanía que tenemos. No lo ha hecho hasta ahora y sé que no lo hará, porque hemos atravesado grandes obstáculos juntas. Dios siempre encuentra la manera de unirnos, ya sea por el pasado arraigante o por un futuro prometedor. Porque a tus amigas no las puedes comparar con nada.

 

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