Este hombre me enseñó que aunque estemos rodeados de una familia que nos ame y estemos cómodos en una bella ciudad segura, no significaba que estemos en casa, al menos no en una permanente.
A mis 15 años, dejamos Cuenca, la única ciudad que habíamos conocido como nuestra, para “hacer discípulos” en Manta de una cultura diferente, con temporadas y costumbres ajenas a las nuestras. Creo que cuando nos mudamos entendí  la verdad de que somos extranjeros en la Tierra. Cuando preguntaba, “¿entonces de dónde somos?”, mis padres respondían, “somos ciudadanos del cielo, cariño. Nosotros somos eternos”.

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