“Todo lo que nace tiene que morir”

Ya no creo que lo bueno existe para siempre. Ahora sé que la muerte existe. Me consta que nada bueno dura. A las historias de amor más fuertes les crecen venas podridas, se manchan. Hay personas valiosas que un golpe en la nuca, un domingo en la mañana, los silencia para siempre y sus ausencias dentro de las personas que las amaron son granadas invisibles que detonan paulatinamente. Hay noches en las que niñas mueren y amanecen mujeres a la fuerza, que desde ese día comienzan a vivir con la inocencia quebrada y un sentir que aún no saben se llama vergüenza.

Entendí que lo bueno da cosas buenas; y lo malo da cosas malas. Pero con el tiempo, parece que lo malo sobrepasa lo bueno que hacemos. Lo bueno es más difícil de cumplir y se reproduce en menor escala que lo malo, que parece salir mucho más fácil. Entiendo que así funciona la vida. A la final, lo malo solo trae más malo y no podemos crear suficiente de lo bueno, terminamos muriendo en oscuridad.

Pero los humanos, como lo dijo Le Clézio, somos extraordinarios, porque podemos vivir con eso…con el agujero que nos traspasa. Nos dormimos pensando que será reabsorbido al día siguiente, pero comprobamos, al despertar, que los bordes de la llaga siguen abiertos. Y así día a día, «se puede ir, venir, hacer cosas, salir de compras, tomar la lección de piano, encontrarse con amigas, tomar el té con las tías»[1], manejar al trabajo a las 8 de la mañana, hablar, hablar, comer un poco menos, comer un poco más. Somos expertos en ser muertos vivientes, vivimos aunque nada colme el vacío, seguimos disimulando aunque nada una los labios de la llaga, aun cuando no se llene el ser de la sustancia que se había vaciado, año tras año…

Pero encontré historias diferentes. Conocí personas que parecían perfectas. Pero al ganar confianza me contaron que ellas también habían conocido la llaga, habían vivido el vacío. Pero vivían, no eran más muertos vivientes. No tenían miedo de nombrar lo que los había destruido. Ellas usaban palabras diferentes, como el perdón, paz… no como palabras, sino como realidades. Se les iluminan los ojos cuando dicen que “comenzaron de nuevo”, que “nunca antes se habían sentido tan limpios”, “que no tenían más culpa”, que “se sentían perdonados”, “por fin libres” que “nunca amaron tanto a su cónyuge”. Lo único que tenían estas personas en común era que habían conocido, dicen, a Jesús. Que habían orado en su nombre, que habían comenzado a conocerle. Al principio no les creía. ¿Cómo se repara algo que ya está roto? ¿Cómo se comienza una vida que ya está a medias? ¿Cómo se devuelve la memoria limpia a una mujer adulta? ¿Cómo se perdona al que me quitó a un hijo? ¿Cómo se llena las ausencias después de la muerte? Sin mayores explicaciones decían Jesús, solo por él.

He estado alrededor por algún tiempo como para comprobar si es cierto. Si no son puras pantallas, o si son solo palabras. Y me he encontrado con todo lo contrario, he visto como estas personas que dicen conocer a Jesús, han traído a más personas al estado de ellos. Cómo el amor convertido en veneno vuelve a ser un manjar, cómo un hijo destruido por su pasado vuelve a encontrar su forma. No entiendo muy bien como todo esto funciona. Pero quien acepta la muerte de Jesús y lo hace Señor de su vida, de verdad “nace de nuevo”[2] aunque sea viejo. De verdad una persona se hace “una nueva criatura”[3] aunque esté más rota y desfigurada de lo que se pueda aceptar. Es mucho más poderoso que ver a alguien moribundo corriendo como un atleta. Es más fuerte que un efecto químico, es tan profundo como la voluntad o el orgullo humano.

La única forma de explicarlo es que Dios se cansó de vernos en el círculo vicioso, viviendo lo que algunos le llaman karma. No podemos crear más de lo bueno que lo malo. Así que mandó a su Hijo para que pague todo lo malo de una vez. Que se le culpe de todo lo malo a Él y a los humanos no se nos cuente lo malo que hacemos. Para que así podamos reproducir o multiplicar solo lo bueno. Me he encontrado con personas que pueden dejar ciertas cosas malas a fuerza de voluntad, he encontrado a personas que pueden seguir en paz con su enemigo, pero ninguna de ellas puede detener la multiplicación de lo malo por lo malo, ninguna de ellas conoce el no ser contado lo malo de la vida y vivir solo con lo que da lo bueno.

Para mí, ese es el regalo de la Pascua, un hijo perfecto e inocente, sacrificado por todo lo malo del mundo, que da nuevos comienzos, que quita lo malo del mundo, que devuelve la segunda oportunidad al que falla repetidamente, que renueva lo que ya está podrido, que devuelve la vida a lo que ya estaba condenado a quedarse muerto. No solo mi vida ha experimentado tal favor, sino también gente que amo, que no sé donde estarían sin Jesús. Yo sé que yo estaría perdida sin él. Él ha devuelto la esperanza. Porque solo por Él es que escucho historias que me rompen el corazón y que terminan en lágrimas de felicidad, con un final feliz. Y estoy/soy abrumadamente agradecida a este Dios-hombre invisible pero tan real, ¡tan real! Más real que el agujero que me traspasaba o la llaga que llevaba, porque ya no los siento más, porque ya no los hay, ¿ves? ya no están. Así de real. Ahora creo que lo bueno si tiene una puerta para ser eterno y que sí hay vida, vida completa, después y sobre la muerte.

[1] J.M.G. Le Clézio, “La música del hambre” (2008). Pp. 119

[2] Juan 3:3 

[3] 2 Corintios 5:17 

Mi papá

Este hombre me enseñó que aunque estemos rodeados de una familia que nos ame y estemos cómodos en una bella ciudad segura, no significaba que estemos en casa, al menos no en una permanente.
A mis 15 años, dejamos Cuenca, la única ciudad que habíamos conocido como nuestra, para “hacer discípulos” en Manta de una cultura diferente, con temporadas y costumbres ajenas a las nuestras. Creo que cuando nos mudamos entendí  la verdad de que somos extranjeros en la Tierra. Cuando preguntaba, “¿entonces de dónde somos?”, mis padres respondían, “somos ciudadanos del cielo, cariño. Nosotros somos eternos”.

María Cristina

 

La primera vez que vi a María Cristina estaba sentada en una silla plástica de niños frente a mí en la iglesia Verbo Manta. Ambas teníamos sobre nuestras piernas a dos niñas que lloraban. Era domingo, yo estaba de visita por el feriado de noviembre. En un momento, por coincidencia, las dos bebés se encontraron y comenzaron a pelearse por un juguete. Eso parecía ser lo único que podía distraerles lo suficiente como para que dejaran de llorar. En ese momento, ambas cruzamos miradas y nos reímos en complicidad. Así fue como la conocí.

Un mes después cuando regresé, María Cristina me sorprendió mientras salía al patio con un vaso de chocolate navideño una vez finalizada la reunión dominical. La saludé como a una vieja amiga. Pero cuando avanzamos en la conversación, me di cuenta que teníamos mucho de qué hablar, porque no sabía nada de ella, de dónde era, qué hacía, qué tiempo venía a la iglesia, ni que le gustaba.

Teníamos en común, que ambas vivimos solas, pero no realmente, dijo ella. Sus sobrinos entran y salen durante todo el día de su departamento, porque sus hermanas son vecinas. Así que siempre está con alguien, me explicó. «¿Y qué haces en el día?», le pregunté. «Tengo una tienda de productos naturales. Bueno, estaba en Tarqui…» En ese momento debí de haber puesto cara de sorpresa porque enseguida trató de calmarme, «pero ahora estamos reubicados…». La conversación tomó una dirección que no esperaba. Recordé que casi todos en esta ciudad han sido afectados de una u otra forma por el terremoto y las historias aún estaban frescas.

«¿Cómo te afectó el terremoto?» le pregunté preparada.

«Mi tienda estaba en una de las esquinas en pleno Tarqui. Yo no estaba allí cuando pasó. Pero al día siguiente, cuando fui a ver el lugar ¡no había nada roto! ¡Ni un vidrio!».

Yo empecé a reír. «¿De verdad? -dije en incredulidad- ¿Ni un vidrio, una vitrina, nada?» le pregunté.

«Nada. Pude sacar absolutamente todo en buen estado. Las cosas estaban movidas de un lado a otro, totalmente desordenadas, incluso las vitrinas estaban movidas como si alguien hubiera sacudido el lugar, pero nada estaba ni trisado -me dijo- yo digo a mi familia que realmente Dios cuidó de mí, porque él sabe que lo necesitaba. Yo creo que fue obra de Él», terminó.

Al escucharle decir eso, se me movió el corazón. Para mí, no había duda de que así era. Un negocio ubicado en lo que hoy se conoce como Zona 0 y donde no se puede entrar sin resguardo policial, no tenía esperanzas de mantenerse en pie. Los edificios alrededor de la tienda de Ana Cristina serán demolidos. Las pérdidas fueron grandes. Incluso en la casa de mis padres, los cuadros de las paredes se cayeron y los vidrios se rompieron. ¡Y ellos están a 10 minutos de Tarqui en carro! ¿Cómo es posible, que una tienda llena de vitrinas y productos en el centro de Tarqui no haya sido afectado en nada? De cualquier forma que lo pensara, yo también veía la mano de Dios en la vida de Ana Cristina. ¡Qué gusto encontrar esta historia! Cuando nos preparábamos para encontrar destrucción o dolor, encontramos a un Dios grande cuidándonos, quien le da importancia a lo que a nosotros nos importa. Un Dios que cuida lo que nosotros no podemos controlar.

María Cristina asiste por algunos años a Verbo Manta. Ella ayuda con los niños en escuela dominical, en especial con los bebés. Por lo que me consta, es paciente y no le falta una sonrisa cuando las cosas se complican. Ella puede ver más allá de lo visible porque cree en un Dios invencible. Eso hace a su corazón agradecido en medio de las circunstancias. Si, ella conoce al Ser más chévere que existe y eso la hace parte del club.

 

“Escribe” en el 2016

A lo largo de este año (2016) y de este cuaderno, aprendí a mirar con expectativa las páginas en blanco que quedaban por ser llenadas. Siempre que escribo, es sobre cosas que no quiero olvidar. Por más de diez años, Dios no ha dejado de darme sobre qué escribir. (Tengo los cuadernos para comprobarlo.) Siempre hace algo loco o especial que me llena, me cambia y me maravilla.

A lo largo del 2016, sueños comenzaron a cumplirse cuando menos lo esperaba. Uno tras otro. Las hojas en blanco seguían disminuyendo con los días y mi Dios no me dejaba, ni se cansaba de dar a borbotones. Gracias a que este cuaderno me gritaba «Escribe» desde el velador o mientras estaba tirado en la cama, guardé cada uno de ellos. Hubo un punto en el que dejé de creer que los sueños pararían de cumplirse y las páginas en blanco se quedarían así: blancas; y empecé a creer que solo cosas mejores y más grandes vendrían a llenarlas.

Así que tengo un poco de nostalgia terminarlo, pero hoy cierro este cuaderno mientras abro un sueño. Uno de los sueños pequeños e insignificantes (pero tan míos) era tener un cuaderno Moleskine. Mientras me paseaba por la parte sureste de Manhattan, su letrero me llamó desde adentro de la Estación Fulton. Quise el último modelo, pero el vendedor de la tienda me mostró el clásico y me dijo: «si llenas este, puedes comprarte el último modelo». Yo me reí, como diciéndole, «no me conoces, vengo llenando cuadernos desde que ni me acuerdo». Pero le hice caso. Salí de allí con un sueño cumplido.

Comienzo entonces a escribir en un sueño de páginas en blanco. Un sueño con espacio para crear algo nuevo y, a la vez, ser algo que siempre he sido. Un sueño ya lleno de entusiasmo por la fe que la incertidumbre requiere. Un sueño que tiene mis expectativas por la tinta que correrá entre sus líneas mucho más altas que antes. Porque de seguro contendrá algo como todo lo vivido hasta hoy: días que Dios tenía en reserva, desde el principio de los tiempos, en su corazón.

Roberto y Karina

roberto-y-karinaCuando escuché que Roberto y Karina había decidido ir como misioneros a Italia, me enojé. Porque las dos personas que ven allí sentadas son unas de las personas que más admiro y por las que más orgullo he tenido los últimos 3-4 años. Cada vez que escucho a Roberto explicar una parte de la Biblia, quiero besar su cráneo. No es broma. Es en serio. Hay algo que amo en la mente de ese man que explica de una manera muy clara y práctica verdades que por mucho tiempo han sido abstractas o que han perdido su significado por tanta repetición en ambientes cristianos.

Por mucho tiempo anhelaba encontrar algo fresco en la iglesia, en mi iglesia local. Estaba cansada que sean solo otros los que tenían formas nuevas y relevantes de hacer iglesia. Quería algo nuestro,. Creía que personas entre nosotros podían hacerlo. Pero siempre encontraba a los mismos hombres increíbles de mi iglesia sintiéndose menos o simplemente admirando con la boca abierta a otro suco enseñar la palabra. Roberto fue una respuesta a ese anhelo. Por primera vez, lo que pensé que era imposible, era de carne y hueso. Teníamos a alguien super pilas y lleno del temor de Dios hablando revelaciones poderosas, y que además utilizaba nuestras memorias y hablaba nuestro idioma. Por fin, un hombre sin miedo y al frente. Un hombre valiente como para trabajar medio tiempo en la iglesia y mucho más arreglar o renovar algunas cositas que se necesitaban. Creo que fue un hombre que nos enseño cómo traer la nueva generación a nuestra iglesia bajo la honra a nuestros padres y bajo el consejo de muchos.

Quería que quien era él se reproduzca aquí a mi alrededor. Estaba orgullosa de tener semejante ejemplo entre los nuestros para referir a cualquier persona como modelo a seguir. Sentía un orgullo de lo propio que triunfa y es exitoso en lo laboral y en lo espiritual. Quería aprender de su sabiduría y copiar las formas de pensar y explicar las cosas. Pero ahora está claro que lo tomaba por sentado. Pensaba que iban a estar alrededor hasta cuando me case y tenga hijos. Creía ingenuamente que iba a poder recurrir a su gran almacén de consejos en cada una de estas etapas. Así que cuando escuché que habían tomado la decisión de irse (¡tan pronto!), me enojé. No con ellos, sino con Dios. Sabía que ellos estaban siguiendo la voz de Dios. Así que sabía que la fuente real de dirección era Dios y a Él debía reclamarle. Pero no cambiaron las cosas. Los Capaldi se van de todas formas y extrañaré la enseñanza que me deja sin palabras y que solo me hace querer pararme a aplaudir y a a final termino agradeciendo a Dios por su vida. Sé que no voy a tener a Karina aquí para que me guíe cuando tenga una conversación seria sobre relaciones amorosas, ni para su perspectiva en el próximo Book Club.

Sin embargo, sus historias nos pertenecen. Son historias que no dejaremos de contar a los que vengan y a los que lleguen. Serán nombres que presentaremos aunque estén en la distancia y sean por un tiempo sola idea. Roberto dijo que muchas veces estar y hacer la voluntad de Dios no se ve como el éxito humano. Aunque es duro, es verdad. Tenemos algunos ejemplos en la Biblia de vidas miserables humanamente pero muy exitosas para Dios. Pues bien, creo que si no son exitosas en lo humano, lo serán en la eternidad. En el gran día, cuando podamos ver todas las cosas como verdaderamente son, veremos que las historias mínimas, las pequeñas e incluso las miserables, eran las verdaderamente grandes, las que agradan a Dios. No he tenido tanto miedo de seguir esta pauta como lo tengo ahora que soy adulta. Ver que una familia joven y con un éxito humano aparente, renuncie a ello por hacer la voluntad de Dios, me reta y me recuerda que vivo para hacer lo mismo, sea cual sea mi historia, mi lugar.

Creo que no hay nadie como un misionero que cree en la iglesia  potencial. A veces no se ve nada, pero se cree que puede haber mucho. Ellos confían que habrá mucho porque Dios se los ha dicho. No puedo decirles que se queden, al menos no en serio, porque sé que les lleva un amor más grande. Un amor que no se puede negar porque es un amor que salva. Porque crecí gracias a y debajo de un amor así. Un amor gringo que amó a mis padres aun antes de conocerles. Un amor cuencano que dieron mis padres por manabas que se convirtieron en hermanos míos. Y que me dieron “sobrinos”, otros hermanos y un montón de familia. Tengo una ciudad clavada en el corazón por ese amor que ama potencialmente, que ama por los que pueden existir, a los que pueden llegar a creer. Ese es un amor que multiplica, pero que se sacrifica antes. Este es el tipo de escuela que recibimos de nuestros padres. De verdad, nuestra iglesia es misionera.

Ahora queda una expectativa más grande por el futuro, porque he llegado a experimentar historias que nunca pensé que pasarían, que nunca imaginé. Historias que solo Dios puede crearlas. Y no puedo imaginar lo que nos aguarda. ¿Qué tan más grandes son?

El club de los chéveres

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Yo era un gran monstruo de la perfección. Tal vez, la gente no se dio cuenta, pero yo era una gran juez. Todo lo que no me gustaba o me parecía mal mientras crecía, era una gran bandera roja. Pensaba mucho sobre cuál era la forma correcta de hacer las cosas. Recuerdo que me preguntaba cuáles eran las maneras para obtener lo perfecto. Me gustaba leer los manuales, los mapas, las voces de los expertos. Siempre había una forma correcta de sentarse y comer. La forma correcta de cocinar, y de tener amigos. ¿Por qué la gente simplemente no lo hace? Preguntaba con disgusto. Así que planeé la manera perfecta de hacer las cosas y vivir la vida perfecta para cuando llegara mi tiempo. Obviamente, cuando llegó, ya te imaginarás, me di cuenta que era más difícil de lo que parecía. Si las cosas a mi alrededor no cambiaban haciendo mis planes imposibles, yo fallaba convirtiéndome en lo imperfecto de mi plan. Muchas veces no encontraba la motivación para hacer todas las cosas bien y cumplir con las reglas. Y cuando las emociones estaban en la mesa, me era más difícil ganarles. También encontré que mi forma correcta de hacer las cosas no era usualmente la mejor o la más adecuada. Me encontré en lugares que no quería estar o me sentía horrible después de algún plan “perfecto”. Eso fue frustrante. Lo que más había tratado de evitar estaba a mí alrededor. Estaba lejos de ser perfecta y parecía inalcanzable.

Pero había algo que se demostró ser inmutable a través de los años, los errores y los cambios: Dios. Todo lo que Él una vez me había dicho a través de la Biblia resultó ser cierto. Las palabras de Jesús eran las más fijas en mi vida después de probarlas. Por lo tanto, les di toda mi confianza. El tipo de confianza que la gente joven e inocente dan cuando está emocionada. Gracias a Dios fue a Él a quien confié porque no me decepcionó a largo plazo.

Desde entonces, estoy cada vez más convencida de que Jesús es la forma correcta de vivir la vida. Realmente creo que si vivimos como Él planeó hacerlo, seríamos las personas más chéveres* de la tierra. ¿Y sabes cómo vive, ama y trabaja la gente chévere? Ellos son chéveres todo el tiempo. Y no estoy hablando de una manera tonta de “ser chévere”. Estoy hablando de ese tipo de personas que cuando las conoces, pueden no parecer grandes, pero una vez que llegas a saber quiénes son y cómo viven, acaban por hacerte sentir cómodo e inspirado. En el fondo, quieres algo de lo que tienen, sin envidia, pero en realidad te parece que hay grandeza dentro de ti también. Para mí, la gente chévere impacta en sus familias, sus profesiones, el autobús en el que están, o las tiendas que visitan para mejor. Los más chéveres afectan a grupos humanos, a países incluso; pero los cheverísimos cambian vidas. En pocas palabras, la gente chévere mejora el mundo.

No soy ingenua en que mucha gente chévere no puede mantener el puesto por mucho tiempo. Sí, la gente defrauda. Pero descubrí que la gente chévere no se va cuando se decepciona. Eso fue más de lo que esperaba. Así que me pregunto acerca de las vida cotidiana que llevan y cómo se enfrentan a los problemas. Quiero ser uno de ellos y tengo curiosidad por saber cómo reaccionan a los golpes y a los éxitos. También estoy muy interesada en cómo los chéveres son restituidos cuando fallan. Jesús hizo lo chévere posible sólo porque permite el fracaso y el perdón en su plan. Ay, tengo mucho que aprender de Él. Necesitamos el uno del otro y estoy dispuesta y apasionada por compartir lo que aprendo y lo que he visto hasta ahora. También estoy dispuesto a traducir lo que acostumbramos ver como religión. Usualmente son palabras repetidas en una iglesia o por medio de personas bien intencionadas, y son palabras que han perdido el sentido y su profundo significado. Pero en realidad son bastante chéveres. Hay una gran cantidad de chéveres que camina sobre la tierra hoy y que no me creerías quienes son. En realidad, creo que todos nacimos para ser chéveres. Amo descubrir cómo lo consigues tú. Esta es mi historia.

 

*chévere

  1. adj. Ant., Bol., Col., El Salv., Hond., Pan., Perú y Ven. Estupendo, buenísimo,excelente. (RAE)

 

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I was a big perfection freak.

People wouldn’t had notice it but I was a big judge. Everything I disliked or seemed wrong while I was growing up, was a big red flag for me. I was always into what was the right way to do things. I remember wondering about the ways things could be done in order to make it right and perfect. I would read the manuals, the maps, the expert voices. There was always a right way to sit and to eat. The right way to cook, and to have friends over. Why people just don’t do it? I would ask in anger. So, I planned my perfect way of doing things and the way to a perfect life. Obviously, when my time came, yap, you’re right, I found out it was harder than it seemed. If things around me didn’t change, making my plans impossible, I was the one that failed. No motivation was in me to fulfill everything at perfection. And when the emotions were in the table, I wasn´t moved for the plan. I also found that my right way to do things weren’t the best or the right ones. I found myself in places I didn’t wanted to be or feeling horrible after some “perfect” plan. That was frustrating. What I tried to avoid the most was all around me. I was far from perfect and it seemed unattainable.

But there was something that proved itself unchangeable through the years and the changes: God. Everything He had once told me through the Bible proved itself to be true. Jesus words were the most truer one in my life. So, I gave them my full trust. The  kind of trust that young and innocent folks give when excited. Thanks God it was to Him I trusted because I wasn’t disappointed at the long run.

Since then, I´ve been more and more convinced that Jesus is the way, the right way to live life. I truly believe that if we do life as He planned us to do it, we would be the coolest persons on earth. And do you know how cool people live? And how cool people love? And how cool people work? They are cool everywhere! And I´m not talking in a silly way of coolness. I´m talking about that kind of persons that when you meet, they may not have a great life apparently but once you get to know who they are and how they do life, they just make you feel comfortable and inspired. Deep down you want some of what they have, with no envy, but actually you think there is greatness inside of you too. For me, cool people impact their families, their professions, the bus they’re riding, or the shops they visit for better. The coolest people impact organizations, human groups, countries; but the extremely cool ones change lives one at a time for better. In short words, the coolest people improve the world.

Many people fail to keep the cool place in our lives. Yes, people disappoint. But the cool people don’t walk away when dissapointed. And that was even bigger than what I expected. I wonder about their daily lives and how they deal with life issues; I want to be one of them and I’m curious about how they react to life punches and life successes. I´m also very interested in how cool people is set back right when they fail. Jesus made cool possible only because He allows failure and forgiveness in his plan. Oh I have so much to learn from Him. We need of each other and I´m willing and passionate to share what I learn and what I´ve seen so far. Also I´m willing to translate what we usually see just as religion or long repeated words in a church or through well intended people that had lost all sense and its deep meaning. But they’re actually pretty cool. There are a lot of the coolest people walking on earth today and you wouldn’t think who they are. Actually, I think we are all supposed to be cool. And I love to discover how you do it. Here is mine story.

Square One, Again?

The Last Samurai movie was on. The moment when Tom Cruise receives his new clothes inside the village of the japanese was being played. The girl watching in the living room said out loud:«I don’t like it» stood up and left the room as if someone had heard her.

The girl related to the feeling portrayed in that scene. The fact to be kids again, to be learners when you are old. Just as the last samurai did. He was in a unknown land and everything was new, nothing made sense. He had to learn all over again everything. The girl infront understood. That’s what she didn’t like.

She had always been in the right place. She had always belonged to the right place, and knew all the rules. She knew from the beginning how things had to be done and what things needed to be followed. But soon she found out that life wasn’t a prescription. That principles couldn’t be memorized and done. Life wasn’t a mold of bread. She couldn’t just make it turn out right. Life came in different shapes and aspects and if you haven’t understand the principles behind life, it was useless to try. She didn’t know how to live a true life. Rules were just a piece of paper then.

Unfourtunately, this lesson came when she was old enough. And to be a relearner again was hard. There was a sense of shame. She that always had been in front, giving the lessons, guiding new ones in the right track, clearifyng thoughts and concepts, was being taught over. Felt a little denagrating. So she did know it felt to be the one that doesn’t know how nose is called. To be in that process is risky, is shameful or that is how she felt. Because we need correction, we need guidelines, we are in the spot of need, in the vulnerability. And how we hate to be vulnerable. In this world that teaches you that life is hard, that at the end you are alone, and that you need to watch for yourself bacuase no one else will.