“Todo lo que nace tiene que morir”

Ya no creo que lo bueno existe para siempre. Ahora sé que la muerte existe. Me consta que nada bueno dura. A las historias de amor más fuertes les crecen venas podridas, se manchan. Hay personas valiosas que un golpe en la nuca, un domingo en la mañana, los silencia para siempre y sus ausencias dentro de las personas que las amaron son granadas invisibles que detonan paulatinamente. Hay noches en las que niñas mueren y amanecen mujeres a la fuerza, que desde ese día comienzan a vivir con la inocencia quebrada y un sentir que aún no saben se llama vergüenza.

Entendí que lo bueno da cosas buenas; y lo malo da cosas malas. Pero con el tiempo, parece que lo malo sobrepasa lo bueno que hacemos. Lo bueno es más difícil de cumplir y se reproduce en menor escala que lo malo, que parece salir mucho más fácil. Entiendo que así funciona la vida. A la final, lo malo solo trae más malo y no podemos crear suficiente de lo bueno, terminamos muriendo en oscuridad.

Pero los humanos, como lo dijo Le Clézio, somos extraordinarios, porque podemos vivir con eso…con el agujero que nos traspasa. Nos dormimos pensando que será reabsorbido al día siguiente, pero comprobamos, al despertar, que los bordes de la llaga siguen abiertos. Y así día a día, «se puede ir, venir, hacer cosas, salir de compras, tomar la lección de piano, encontrarse con amigas, tomar el té con las tías»[1], manejar al trabajo a las 8 de la mañana, hablar, hablar, comer un poco menos, comer un poco más. Somos expertos en ser muertos vivientes, vivimos aunque nada colme el vacío, seguimos disimulando aunque nada una los labios de la llaga, aun cuando no se llene el ser de la sustancia que se había vaciado, año tras año…

Pero encontré historias diferentes. Conocí personas que parecían perfectas. Pero al ganar confianza me contaron que ellas también habían conocido la llaga, habían vivido el vacío. Pero vivían, no eran más muertos vivientes. No tenían miedo de nombrar lo que los había destruido. Ellas usaban palabras diferentes, como el perdón, paz… no como palabras, sino como realidades. Se les iluminan los ojos cuando dicen que “comenzaron de nuevo”, que “nunca antes se habían sentido tan limpios”, “que no tenían más culpa”, que “se sentían perdonados”, “por fin libres” que “nunca amaron tanto a su cónyuge”. Lo único que tenían estas personas en común era que habían conocido, dicen, a Jesús. Que habían orado en su nombre, que habían comenzado a conocerle. Al principio no les creía. ¿Cómo se repara algo que ya está roto? ¿Cómo se comienza una vida que ya está a medias? ¿Cómo se devuelve la memoria limpia a una mujer adulta? ¿Cómo se perdona al que me quitó a un hijo? ¿Cómo se llena las ausencias después de la muerte? Sin mayores explicaciones decían Jesús, solo por él.

He estado alrededor por algún tiempo como para comprobar si es cierto. Si no son puras pantallas, o si son solo palabras. Y me he encontrado con todo lo contrario, he visto como estas personas que dicen conocer a Jesús, han traído a más personas al estado de ellos. Cómo el amor convertido en veneno vuelve a ser un manjar, cómo un hijo destruido por su pasado vuelve a encontrar su forma. No entiendo muy bien como todo esto funciona. Pero quien acepta la muerte de Jesús y lo hace Señor de su vida, de verdad “nace de nuevo”[2] aunque sea viejo. De verdad una persona se hace “una nueva criatura”[3] aunque esté más rota y desfigurada de lo que se pueda aceptar. Es mucho más poderoso que ver a alguien moribundo corriendo como un atleta. Es más fuerte que un efecto químico, es tan profundo como la voluntad o el orgullo humano.

La única forma de explicarlo es que Dios se cansó de vernos en el círculo vicioso, viviendo lo que algunos le llaman karma. No podemos crear más de lo bueno que lo malo. Así que mandó a su Hijo para que pague todo lo malo de una vez. Que se le culpe de todo lo malo a Él y a los humanos no se nos cuente lo malo que hacemos. Para que así podamos reproducir o multiplicar solo lo bueno. Me he encontrado con personas que pueden dejar ciertas cosas malas a fuerza de voluntad, he encontrado a personas que pueden seguir en paz con su enemigo, pero ninguna de ellas puede detener la multiplicación de lo malo por lo malo, ninguna de ellas conoce el no ser contado lo malo de la vida y vivir solo con lo que da lo bueno.

Para mí, ese es el regalo de la Pascua, un hijo perfecto e inocente, sacrificado por todo lo malo del mundo, que da nuevos comienzos, que quita lo malo del mundo, que devuelve la segunda oportunidad al que falla repetidamente, que renueva lo que ya está podrido, que devuelve la vida a lo que ya estaba condenado a quedarse muerto. No solo mi vida ha experimentado tal favor, sino también gente que amo, que no sé donde estarían sin Jesús. Yo sé que yo estaría perdida sin él. Él ha devuelto la esperanza. Porque solo por Él es que escucho historias que me rompen el corazón y que terminan en lágrimas de felicidad, con un final feliz. Y estoy/soy abrumadamente agradecida a este Dios-hombre invisible pero tan real, ¡tan real! Más real que el agujero que me traspasaba o la llaga que llevaba, porque ya no los siento más, porque ya no los hay, ¿ves? ya no están. Así de real. Ahora creo que lo bueno si tiene una puerta para ser eterno y que sí hay vida, vida completa, después y sobre la muerte.

[1] J.M.G. Le Clézio, “La música del hambre” (2008). Pp. 119

[2] Juan 3:3 

[3] 2 Corintios 5:17 

Grave constante

Después de una semana de fiestas de la facultad, el profesor de cine comenzó la primera clase con una pregunta:

« ¿Qué es un grave constante?»

“Otra vez con sus analogías musicales”, me dije con fastidio. «Galo, no somos músicos» le dije en tono de reclamo.

«Erika, deben saber de todo un poco» me respondió y volvió a preguntarlo a toda la clase. Aún así, nadie respondió. «Un grave constante», continuó el profesor con buen ánimo, «es una nota que se repite a lo largo de toda una composición musical. Todos necesitamos un grave constante. Todos»  Y continuó con el tema de narratología en el cine sin volver a mencionar a la música.

A pesar de mi indisposición a aquel comentario, no lo pude olvidar. ¿Cuál era el grave constante de mi vida? Qué tal si se le ocurre preguntármelo en frente de todos, ¿qué respondería? Si hubiera estado mi familia presente no hubiera titubeado porque la respuesta hubiera sido obvia. La respuesta correcta era, debía ser, Dios. ¿Qué más constante en la vida de una persona que no sea Dios? Muy fácil responder y dar con la palabra del millón. Lo sabía muy bien, ni siquiera tenía que pensarlo, pero lo hice.

¿Es Dios mi grave constante realmente? ¿Toco aquel tono con frecuencia con mi vida? Hay una diferencia en lo que “debería ser” y lo “que es”‘. Así que sé muy bien que Dios debe ser mi grave constante, pero si tuviera que responder honestamente a la pregunta: “¿Es Dios tu grave constante?” en este momento tendría que decir: “no”. Y bajaría la cabeza en extrema vergüenza. (‘”Si pudiéramos ver nuestros corazones directamente los unos de los otros, nos asustaríamos” dijo alguien).

En este momento, mi grave constante significa: ¿a dónde vas para ser saciado? ¿Es Dios tu prioridad para sentir amor? ¿Es Dios tu prioridad para relajarte, es Él donde buscas paz? ¿Dejas que Él te diga que vales mucho? ¿Es Dios el primero al que buscas agradar? Todas mis respuestas son: “no”. (Estoy siendo MUY honesta aquí, así que por favor, se amable con tu juicio).

¿Cómo fue que quité a Dios de ese lugar? ¿Cómo es que dejó de importarme? ¿En qué momento me distraje? Y, ¿por qué todas estas otras cosas son tan deliciosas? Es que todas  son cautivantes. Todas las cosas que remplazan a Dios pueden ser dulces y satisfactorias momentáneamente si olvidas como es ser estar lleno de Dios. Ahora entiendo porque es necesario leer la Biblia, congregarse, alabar, y orar. Si digo que no tengo una religión sino que tengo una relación con Dios, debería hablar, verme con esa otra persona. De lo contrario, sería tener una relación igual a la que tengo con mis compañeros de la escuela, a quienes no veo, no sé como están, ni quienes son realmente. No tengo ningún vinculo de mi vida con las de ellos. Ese no es el tipo de relación que quiero con mi Dios, quien es lo mejor que me ha pasado en la vida. Así que me recuerdo Marcos 12:30: “con todo el corazón”. TODO se queda sonando en mi mente. A traerlo de vuelta enterito, ¿acaso no vale la pena?